Que el acoso machista a través de
las redes es una realidad, yo ya lo sabía mucho antes de hacerme twitter y de
empezar a publicar en el blog, pero no sospechaba la verdadera dimensión de ese
acoso hasta que encontré el blog de Jessica Fillol y, ahí, su testimonio de
cómo llevan acosánola durante años por twitter, por Facebook y en su propio
blog. Y, como ella, muchas otras activistas feministas en las redes, hasta el
punto de que muchas de ellas llegaron a abandonar ese medio como manera de
hacer activismo.
Como alguien que lo ve desde
fuera (por suerte, no he llegado a ser víctima de un acoso continuado, sino de
forma colateral al dar un toque a alguno por su actitud… y es triste que tenga
que sentirme afortunada de que no me acosen, ¿no creéis? Pensad sobre ello: me
siento afortunada de poder expresarme sin que haya un grupito de chacales
pendientes de volver cada palabra contra mí, cuando eso debería ser LO NORMAL),
muchas veces siento rabia e impotencia, no sólo por las compañeras feministas
que reciben ese acoso, sino también porque, en la línea de la reflexión que
cierto día lanzó Alicia Murillo en unas jornadas en Lalín, sé que esos hombres,
que publican datos personales de las feministas a las que acosan, animan a
otros a ir a darles una paliza, son unos cobardes que no se van a arriesgar a
hacer algo por lo que se les pudiera identificar, no, ellos desahogarán su
rabia, su cobardía, su infelicidad, su miedo, en la mujer que tienen al lado:
su madre, su pareja, su hija, su hermana, la trabajadora del sexo a la que
acudirán esa noche… Siento rabia e impotencia por no poder ayudar a esas
mujeres, por no poder hacer, como en twitter, “Reportar cuenta” >>
“Bloquear” >> “Cuenta suspendida”.
Pese a esa rabia e impotencia, a
que me gustaría poder hacer algo por las compañeras que sufren ese acoso en las
redes más allá de simplemente reportar una cuenta que resurgirá cincuenta veces
más con otros nombres, y a que desearía con toda mi alma poder apoyar a las
mujeres que tienen que aguantar a diario a los hombres reales que hay tras esas
cuentas, no puedo evitar pensar que realmente somos una fuerza a tener en
cuenta, somos cada vez más, y cada vez más dispuestas a armar jaleo. No conozco
en persona a prácticamente ninguna de las activistas feministas que sigo en las
redes, pero no puedo por menos que sentirme reconocida en ellas y a ellas por
su labor, una labor que tiene un alto precio, y a pesar de ello siguen ahí, en
primera línea, gritando a la cara de la sociedad lo que ésta muchas veces no se
atreve a reconocer y recibiendo pedradas por ello.
Y esta reflexión es uno de mis
pequeños granitos de arena al apoyo y agradecimiento que merecen por ello.
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