A principios del pasado octubre acudí a unas jornadas sobre bioética en las que teníamos la oportunidad de elegir entre cuatro talleres a los que asistir en la primera jornada. Como era bastante esperable en mí, decidí acudir al taller de "Ëtica en el ámbito afectivo-sexual". No estuvo mal, pero hubo algunas cuestiones que me hicieron torcer un poco el morro y, dado que el taller no era el momento ni el lugar para un verdadero debate al respecto, después de un breve intercambio de opiniones, callé.
Pero seguí dándole vueltas. Y aquí traigo el resultado de esas vueltas que ha dado mi mente al tema.
En primer lugar, debo introducir algunos matices: las jornadas en sí me gustaron y, en general, el taller me pareció que tenía un gran potencial; de haber dispuesto de un mayor tiempo para la reflexión compartida, quizás no habría salido tan insatisfecha con el mismo, pero el tiempo del que disponíamos era limitado y la estructura de los contenidos del taller no permitía mayor flexibilidad si se quería abarcar todo.
Dicho esto, comencemos con la reflexión en sí.
La educación afectivo-sexual de las personas con discapacidad - especialmente con discapacidad intelectual - siempre ha sido una temática tabú, especialmente cuando hablamos de mujeres con discapacidad. Es por ello por lo que es un tema esencial en cualquier debate bioético y debería ser un punto ineludible en la formación de quienes trabajan con personas con discapacidad, ya sea como psicólogos, como personal de atención sociosanitaria, etc.; esto constituyó el hilo conductor del taller, y no puedo estar más de acuerdo.
Asimismo, ninguna educación afectivo-sexual puede estar completa si no trata todos los aspectos de la sexualidad, teniendo en cuenta todas sus facetas en la construcción de una sexualidad sana: social, afectiva, el deseo, etc. Nuevamente, no puedo estar más de acuerdo con esta cuestión, que también se habló en el taller.
Sin embargo, ningún debate ético y muy especialmente cuando se trata el ámbito afectivo-sexual puede estar exento de la perspectiva de género ni puede estar teñido de una aparente neutralidad que esconde la falta de voluntad de un análisis a nivel estructural acerca de la sexualidad de las personas con discapacidad. Y, a mi juicio, eso es lo que fallaba en el taller, comenzando por una visión de las relaciones afectivo-sexuales muy centrada en el sexo como única expresión válida de las mismas, y continuando con la aceptación de la prostitución como recurso para las personas con discapacidad.
Y es aquí donde me voy a detener. Porque eso me pareció lo más capacitista y machista posible en un taller supuestamente orientado a reflexionar acerca de la ética en el ámbito afectivo-sexual y centrado en las personas con discapacidad.
La discriminación de las personas con discapacidad, al igual que tantas otras discriminaciones, constituye la expresión de un sistema estructural de opresión, por lo que cualquier debate al respecto debe profundizar en el análisis de dicho sistema estructural y tener en cuenta otras opresiones. Dicho de otra forma: la conquista de derechos por parte de un colectivo no puede suponer la merma de derechos para otro colectivo; acabar con las opresiones de un colectivo no puede suponer perpetuar la opresión de otro.
La prostitución constituye una de las instituciones machistas y capitalistas por excelencia. Defender que las personas discapacitadas deben poder recurrir a la prostitución como forma de tener actividad sexual supone retroalimentar el mismo sistema que margina la discapacidad. Como persona con discapacidad (hipoacusia), y pese al hecho de que es una de las discapacidades más integradas en la sociedad (principalmente debido al hecho de que utilizo audífonos, lo cual reduce potenciales problemas de comunicación), puedo entender el miedo a que otras personas te rechacen a nivel romántico o sexual (sobre todo en la adolescencia). Sin embargo, eso no justifica el perpetuar opresiones sobre otras personas.
En resumidas cuentas, considero que es imprescindible que cuando se hable de la sexualidad en relación a la discapacidad se haga desde una perspectiva feminista y, desde luego, lejos de la consideración de la actividad sexual como la única expresión válida de la sexualidad. Si, además, el debate está centrado en la ética en ese ámbito, son cuestiones que no pueden desecharse ni obviarse en aras del "derecho a la libertad sexual".
En resumidas cuentas, considero que es imprescindible que cuando se hable de la sexualidad en relación a la discapacidad se haga desde una perspectiva feminista y, desde luego, lejos de la consideración de la actividad sexual como la única expresión válida de la sexualidad. Si, además, el debate está centrado en la ética en ese ámbito, son cuestiones que no pueden desecharse ni obviarse en aras del "derecho a la libertad sexual".