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martes, 7 de agosto de 2018

Reflexionando sobre... la oposición

Vértigo.

Vacío.

Alivio.

En ese orden, fue lo que sentí al abrir el listado de aspirantes que habían pasado la primera fase de la oposición, la fase escrita, y ver que mi nombre no constaba entre ellos. Llegaron más, claro, que explotaron en forma de lágrimas sobre el hombro de mi pareja al día siguiente, pero esas fueron las primeras. El vértigo de estar buscando mi nombre, convencida de que estaría, pero temerosa de que no; vacío al constatar que no; alivio, bastante escondido, al pensar que por lo menos para mí ya se había acabado por ahora.

Eso fue hace aproximadamente unas tres semanas, y ahora que estoy más tranquila y, viéndolo en retrospectiva, creo que las probabilidades de que no fuera mi año estaban, al menos, igual de altas que las de que sí lo fuera: de no haber caído en la primera fase (que realmente estaba convencida de haber superado con una nota decente), es posible que hubiera caído en la segunda. ¿Por qué? No hay una respuesta única: ha sido un año bastante intenso y repleto de cosas buenas, pero también ha sido un año en el que el tiempo ha brillado por su ausencia. Mi planificación se fue al traste al conseguir trabajo, un trabajo en el que estoy muy contenta, pero que me dejaba agotada; había días en que, sencillamente, ponerme siquiera a leer los apuntes me era imposible, mi cabeza no daba para más. Cometí también errores en el estudio en sí, como centrarme demasiado en los temas cuando la clave era la legislación, fallos en la gestión de mi tiempo, etc.

Pero he aprendido. Hay fallos que puedo corregir por mí misma y otros en los que las circunstancias tendrán bastante peso, pero lo más importante es que ya me he quitado el miedo, y tengo una base desde la que volver a lanzarme.

Estoy lista para empezar otra vez. Apuntes míos, Decreto 120 y Orden del 24 de julio, os veo en septiembre.